viernes, 18 de julio de 2014

Capítulo II. Las caricias finas no se cobran.


“Ya que la infamia de tu ruin destino,
marchitó tu admirable primavera.
Haz menos escabroso tu camino,
vende caro tu amor, aventurera”.
                                                   Agustín Lara


Gracias a dios vivo en la ciudad, la ciudad es diferente, es más abierta, puedo ser muchas cosas, tener tatuajes, perforaciones, el cabello sin peinar, usar la ropa que se me pegue la gana, estudiar lo que se me antoje, prácticamente no tengo atadas cadenas mentales del tamaño del juicio de la gente. Todo esto se lo debo a mi madre, se llama Eugenia, me educó de una manera a la que no podría llamar educación, yo más bien le llamaría libre albedrío, desde chica estuve sola, me hice mi primer huevo estrellado a los cuatro años,  y fue hasta entonces porque no tenía la fuerza suficiente en mis débiles dedos pequeños  para inflamar el encendedor a los dos o tres. Mi madre nunca estaba, siempre tenía que laborar, dormía de día y trabajaba de noche, llegaba a las ocho de la mañana, se levantaba a las seis de la tarde, comía, se arreglaba y volvía al trabajo, suponía que era un puesto importante pues siempre se iba muy guapa. Obviamente yo era la que tenía preparar los alimentos, a ella le gustaba la cerveza con papas fritas, era la comida más simple, me gustaba cuando elegía eso, ahorraba el esfuerzo y lo mejor de todo es que yo podía comer lo mismo, tal vez eso fue lo que causó mi obesidad desnutrida, ¡qué términos tan opuestos!, jamás pensé que eso pudiera existir. Se preguntarán entonces cómo comía antes de los cuatro años, pues increíblemente mi tía Rosalba se encargaba de mí, ella y mi madre son del rancho, cuando nací me quedé ahí hasta los cuatro años que vine a vivir a la urbe, eso favoreció a mi madre ya que consideraba que ya le era de ayuda, ya podía lavar ropa, barrer y hacer cosas de la casa. Mi vida en provincia fue muy agraciada, por lo menos en ese lapso de mi infancia tenía compañía para jugar y quien me bendijera antes de dormir, sin embargo no hubiera querido pasar ahí el resto de mi vida, es por eso que admiro tanto a Eugenia, ella fue capáz de irse de ahí en cuanto tuvo la oportunidad, bueno, ¿Qué puedo decir? debo tener crédito ya que la oportunidad vino después de mi nacimiento, fue obligada a emigrar y así darme el sustento, no sé cuánto mandaba ni en qué se usaba, lo único certero es que lo hizo.

Heme aquí ahora, ya medrada, hace veintitantos años que vivimos juntas, la vida que llevo me encanta, nunca nadie me ha mandado, soy invariablemente autónoma y opto por lo que dispongo, estudié fotografía en una escuela de paga, cuando no estaba en la escuela trabajaba, era bartender, de hecho lo he sido desde que tenía diez años, las amigas de mamá lo consiguieron para mí, éramos compañeras en el bar, siempre con la misma elegancia que portaban todas en su círculo social, los hombres las admiraban por su gran belleza, siempre quise ser así pero nunca pude, en cambio terminé siendo una mujer que usa tennis, ropa usada del tianguis,  chongos mal peinados, miles de tatuajes y cigarros en mi boca todo el día. Sinceramente creía no tendría ni una cosa en común con mi progenitora y sin embargo ambas disfrutamos hermosamente del wishky y las drogas, me enseñó a acogerlas como parte de mí, son las únicas que nunca me dejarán sola en absoluto.

Yi, así me dicen, así me digo, así me nombré, es que hubo un problema, Eugenia, mi madre, estuvo enamorada perdidamente de mi padre, Chuy se llama, él era de aquí, de la ciudad, por sus ganas siempre quiso tener un hijo,  mamá nunca tuvo los recursos para atenderse durante el embarazo, ella solo se cuidaba de no bailar muy fuerte y de no consumir bebidas que sobrepasaran los siete grados de alcohol, se percató hasta el  momento del parto que contrariamente a lo que esperaban yo era una niña, fue así como en su afán de darle un sucesor varón a Chuy, mi padre, me nombró Cristo de Jesús, sin siquiera importarle mi sexo. Chuy juró volver al pueblo por nosotras, mi madre en su pretención de no decepcionarlo, me registró con ese nombre y después canjearme  por algún otro niño entre sus amigas, gracias a dios nadie quiso, el rumor de que yo era niña llegó hasta los oídos de Chuy y fue así como nunca volvió. Eugenia sufrió mucho por ese hombre y su único propósito de venir a la ciudad era buscarlo, estoy segura de que el día que él se entere querrá conocerme, al fin y al cabo llevo su nombre. 

A los cuatro años que vine a vivir con mi madre recuerdo muy bien que llegó Josephyn, la vecina, era de Canadá, como todas las demás allegadas a la familia siempre andaba con las mejores fachas, entonces me preguntó con su idioma español a medias que cómo me llamaba y le dije Jesús a lo que ella exclamó con una gran carcajada:

 –“¿Yisus?, ja ja ja ¿No way!, we better leave it in Yi, are you agree?”.

 La verdad es que no entendí nada lo que me dijo, así que asentí con la cabeza y dije:

-“Sí, Yi”.

Desde entonces así me llaman, y sinceramente agradezco infinitamente a Josephyn por su gran aportación a mi vida.


Entonces digamos que me llamo Yi, y aquí estoy yo, Yi, aún esperando conocer a mi madre, nunca he estado cerca de ella por más de una hora, siempre tiene que dormir o trabajar, es todo un misterio, un misterio que me gusta, por el cual me siento intrigada, me encanta verla siempre con esos atuendos tan elegantes y con aquellos tacones altísimos, sus cabellos finamente aderezados y sus ojos con brillantes sombras coloridas, nunca dejará de ser hermosa mientras tenga su cigarro entre los labios,  mi tía Rosa la que me crió dice que es una puta, pero puta no alcanza a definir todo aquello que envuelve a mi madre, ella ama el sexo  y la manera en que los hombres olvidan todo cada vez que están con ella. Eugenia ama las drogas y se convierte en una de ellas solamente para darle placer a un hombre, mi madre  tiene clase, ella es ninfómana, putas las de rancho.